sábado, 25 de marzo de 2017

Il Volo en Nueva York


Il Volo actuando en el Radio City Music Hall de Nueva York (Créditos: Instagram ilvolomusic)
           El centro mundial del arte occidental se ha ido desplazando a lo largo de la historia. Durante siglos estuvo situado en Europa: en la Atenas clásica, en la Florencia de los Médici, en la Roma papal o en el París de las vanguardias históricas. Después de la 1ª Guerra Mundial, Estados Unidos empezó a tomar un protagonismo indudable y, después de la 2ª Guerra Mundial, con una Europa devastada, el centro del poder político y económico se situó definitivamente en EEUU, y Nueva York se convirtió en el centro sociocultural y artístico del mundo. Por tanto, para bien o para mal, la ciudad de los rascacielos es hoy el principal referente no solo para el arte y la música, sino también para la moda, el entretenimiento y el espectáculo, y gracias a los medios de comunicación y el fenómeno de la globalización, todo aquello que triunfa en Nueva York tiene muchas posibilidades de triunfar en el mundo entero.

            Por esto, era importante iniciar la gira mundial de Il Volo, llamada Notte Magica–A Tribute to the Three Tenors, en Estados Unidos y, más concretamente, en Nueva York. Y para celebrar tan importante evento, se eligió uno de los teatros más importantes y prestigiosos del país: el Radio City Music Hall, situado en el Rockefeller Center, en pleno corazón de Manhattan. Este teatro fue proyectado por el arquitecto Edward Durell Stone y su interior diseñado por Donald Deskey en estilo art decó. Fue inaugurado en 1932 y declarado en 1978 punto de referencia de la ciudad. Por tanto, la apuesta de Il Volo era muy arriesgada: un éxito en Nueva York y en este simbólico teatro podía ser un aldabonazo a su carrera, pero un fracaso, aunque solo fuera parcial, podía ser un terrible tropiezo. 

El Radio City Music Hall de Nueva York (Créditos: Gianluca Ginoble y Radio City Music Hall)

Artículo de Giampaolo Pioli publicado en el periódico La Nazione (Ver en mayor tamaño)

            Al tratarse de un homenaje a Los Tres Tenores (Pavarotti, Domingo y Carreras), el repertorio de la gira se presentaba muy exigente: arias de ópera de Puccini, Donizetti o Verdi como “Nessun Dorma”, “E lucevan le stelle”, “Una furtiva lagrima” o “Libiamo ne’ lieti calici”, otras piezas líricas como “La Danza” de Rossini, la romanza para zarzuela “No puede ser” de Sorozábal, o “Granada” de Agustín Lara, canciones tradicionales italianas, como “O sole mio”  y clásicos de la música ligera norteamericana, como “My way”. Además de las dificultades vocales e interpretativas que presentan estas piezas musicales, el repertorio se presta a la crítica fácil desde diferentes posiciones. Los que siempre han criticado a Il Volo podían reforzar ese discurso, ya muy  manido, que les tacha de ser un grupo de veinteañeros que hacen una música caduca y antigua, como si los clásicos, como Puccini o Verdi, pudieran envejecer. Pero a estos ahora se les podrían añadir los puristas de la ópera y la música clásica que braman cada vez que consideran que alguien vulgariza la sacrosanta música lírica, crítica que, por otra parte, ya recibieron en su día Los Tres Tenores
La ciudad de Nueva York con el Chrysler Building al fondo 
(Créditos: Gianluca Ginoble)
             Pero el éxito no se hizo para los cobardes, y los chicos de Il Volo, tras la presentación en julio del 2016 del proyecto, la grabación del CD en vivo en Florencia, cuna de la lírica, y el preámbulo de Easton, iniciaron su gira americana en Nueva York el 4 de marzo de 2017. Con todas las localidades vendidas mucho tiempo atrás, Gianluca, Ignazio y Piero se presentaron en el escenario impecablemente vestidos con un esmoquin diseñado por la firma italiana Lardini, manteniendo su clasicismo tradicional aunque con el pequeño toque original, aunque nunca excesivo, del terciopelo azul oscuro de la chaqueta. Comenzaron con lo más difícil, “Nessun Dorma”, que interpretaron de forma impecable arrancando la primera ovación del público y, una vez adquirida confianza y seguridad, continuaron con todo el repertorio de Florencia, incorporando además su gran éxito “Grande Amore” y la canción, ya conocida por el CD pero no interpretada en vivo hasta esta gira, “Ave Maria, Mater Misericordiae”, que se ha convirtió en una de las piezas que hacen estallar de emoción al público. Los tres cantantes se mostraron muy sólidos y preparados demostrando que, desde el concierto de Florencia, no han hecho más que mejorar gracias al estudio, la dedicación y el esfuerzo.
           El éxito fue rotundo, las ovaciones tremendas y, lo que es más importante, de nuevo demostraron que se puede ser joven, muy joven, y amar la música con mayúsculas, interpretándola con verdadera pasión y haciéndola llegar a un público de todas las edades, incluyendo a su generación. Il Volo se ha convertido en una alternativa única y original, en una propuesta que cubre una necesidad que se encontraba totalmente desasistida. Por añadidura, proponen un modelo de juventud muy alejado de los prototipos al uso y, tal vez por ello, tengan que sufrir ataques totalmente desaforados o, lo que a veces es peor, el silencio de muchos medios de comunicación de su propio país que ven en ellos una amenaza al modelo de juventud que se quiere imponer de forma uniforme y adocenada.


Empire State Building y fotograma de la película King Kong (1933) (Céditos: Gianluca Ginoble y Mundo Primaria)

            Pero además de las imágenes de su éxito en el escenario, los chicos de Il Volo, como es habitual, han compartido con sus seguidores su estancia en Nueva York, publicando en las redes sociales fotos y vídeos de esta fantástica ciudad: hemos paseado con ellos por Central Park, el World Trade Center y China Town, y nos han enseñado sus más famosos edificios, como el Chrysler Building, un bellísimo rascacielos diseñado por el arquitecto William Van Alen en estilo art decó e inaugurado en 1930. El elemento más característico de esta preciosa construcción es la corona compuesta de siete arcos que, en disminución progresiva, van formando una bóveda de arista decorada con ventanas triangulares. Pero si hay un edificio emblemático en Nueva York ese es el Empire State Building, el edificio más alto del mundo desde 1931 hasta 1972, diseñado por William F. Lamb en el característico art decó de la época. Gianluca Ginoble nos muestra el famoso edificio con un pequeño mono encaramado en su cima, evocando la escena de la famosa película King Kong de 1933, en la que el terrorífico simio gigante, enamorado como un quinceañero de una despampanante rubia y arrancado de su hábitat natural, se sube al Empire State para caer abatido por la civilización representada por los aviones de guerra. A Gianluca, Piero e Ignazio no les ha pasado lo mismo: ellos triunfaron en Nueva York y, desde allí, se lanzaron a la conquista del mundo. 




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domingo, 22 de enero de 2017

Il Volo y el cerebro reptiliano


Gianluca Ginoble, Ignazio Boschetto y Piero Barone
            El fenómeno de Il Volo en Italia es muy curioso, y no solo desde el punto de vista artístico y mediático, sino incluso desde el punto de vista antropológico. Y digo en Italia porque el fenómeno que voy a intentar describir a continuación es mucho más acusado en Italia que en otros países donde este grupo musical también es célebre. Il Volo provoca unas pasiones extremas, desde adhesiones incondicionales a odios viscerales. Estas reacciones son difíciles de explicar y seguramente en ellas intervienen otros factores: desde los instintos más básicos hasta factores ideológicos, económicos e, incluso, políticos. de todos estos factores, me voy a centrar en los primeros, los factores instintivos.
          Cualquiera que preste un poco de atención a las múltiples polémicas que se han suscitado en Italia en torno a Il Volo por cualquier cosa que digan o hagan, se percata inmediatamente que la mayor parte de las defensoras son mujeres, mientras que los atacantes son mayoritariamente hombres. ¿Y qué provoca esa pasión en las mujeres? Gianluca, Ignazio y Piero tienen buena imagen, pero podemos encontrar muchos otros jóvenes tan guapos como ellos o más en el panorama musical actual. Pero ellos tienen algo más. En primer lugar, poseen unas voces fuera de lo común y que, por alguna razón, emocionan profundamente. La mayor parte de las mujeres que explican porque se quedaron prendadas de ellos desde la primera vez que los oyeron, hacen referencia a sus voces. Pero, además, han recuperado un prototipo de hombre que muchas mujeres echaban de menos. En un mundo dominado por las relaciones puramente físicas e inmediatas, ellos prefieren presentar una imagen sensible y elegante, de hombre dispuesto a cortejar a una mujer. La misma elección de su género musical, el pop lírico, les confiere ese halo romántico que muchas mujeres añoran.  
            Sin embargo, entre los hombres despiertan odios atávicos, viscerales, que van mucho más allá de lo racional, es algo totalmente instintivo, algo que se debe encontrar en el cerebro reptiliano que todos llevamos dentro, aquel que está ligado a la supervivencia de la especie ¿Será la testosterona que hace que el macho alfa se vea amenazado por unos rivales que se llevan a las mujeres de calle? Creo que por ahí va la cosa. Luego se trata de verbalizar ese sentimiento buscando argumentos aparentemente racionales, pero en realidad el verdadero impulso está en los instintos reproductivos de algunos especímenes poco evolucionados. Leyendo algunas polémicas suscitadas en torno a Il Volo en las redes sociales, he podido observar que muchos de los individuos más primarios solo logran balbucear varios insultos, casi siempre los mismos, sin argumentar apenas nada. Sienten odio, pero creo que ni siquiera saben muy bien por qué. Luego hay otros ejemplares, más débiles en la lucha reproductiva, que al no poder competir directamente, se encargan de atizar a los machos alfa perdedores para que embistan. En definitiva, bajo la capa de una aparente intelectualidad, lo que encontramos muchas veces es al hombre de las cavernas.
            Observando a algunos individuos que, a pesar de asegurar que Il Volo no tienen ninguna relevancia artística y cultural dedican mucho tiempo y esfuerzo a denigrarlos e insultarlos, no sé muy bien si estamos ante la película  de Jean-Jacques Annaud “En busca del fuego”, en la que se muestra la dura supervivencia del hombre primitivo, o ante la magnífica fabula de Georges Orwell “Rebelión en la granja”, en la que los cerdos, animales más inteligentes que los demás, arrastran a otros más limitados a rebelarse para finalmente dominarlos.
            Soy consciente de que he hecho una descripción un tanto esperpéntica y extrema de las reacciones que los chicos de Il Volo provocan y que, tanto las adhesiones como los rechazos que suscitan tienen otras muchas causas más o menos complejas. Por ejemplo, los supuestos factores ideológicos también tienen en su base frecuentemente sentimientos muy básicos, como la envidia, que es uno de las pulsiones más fuertes en el ser humano. Pero creo que, como todo esperpento, tiene su fondo de verdad. De todas formas, es un fenómeno curioso visto desde la distancia.


Nota de la autora: "Il Volo y el cerebro reptiliano" no es un artículo científico. Se trata de un escrito que utiliza el esperpento como instrumento humorístico, entendiendo como esperpento una deformación grotesca de la realidad que destaca sus rasgos absurdos.


Imagen: Album "Notte Magica: A Tribute ti the Three Tenors", Sony Music Entertainment.



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sábado, 19 de noviembre de 2016

"Grande amore": cuando el clasicismo es revolucionario



Il Volo antes de salir al escenario de Viena
         

        Conocí a Il Volo (El Vuelo)  el 23 de mayo de 2015, el día que se celebraba la final de Eurovisión en Viena. Yo estaba trabajando en el ordenador y la tele estaba puesta en TVE. Siempre me ha gustado trabajar con la tele o la radio de fondo, haciéndome compañía, pero no puede ser un debate, ni una película, ni una serie interesante que exija mi atención, sino algo que pueda mirar y oír de vez en cuando y que no me distraiga demasiado. Para esto era ideal el festival. Sonaban las canciones, una detrás de otra, como hechas en serie. Unos se desgañitaban sin mucho orden ni concierto, otros intentaban por todos los medios hacerse notar con alguna extravagancia para captar la atención de los jurados y el público. Presté atención a Suecia, porque decían que era la favorita, y a España porque para eso es mi país. 
            Ya estaban acabando las actuaciones cuando, de repente, un piano y una voz llamó mi atención por primera vez en toda la noche. Dejé de mirar la pantalla del ordenador y fijé mis ojos en la otra pantalla, la del televisor. El dueño de la voz, profunda, al modo de Elvis o Sinatra, era una especie de Hermes de Praxíteles que poseía un rostro que parecía salido del mismísimo templo de Zeus en Olimpia. Cantaba en un italiano de dicción perfecta, lo que ya es admirable en una época en la que cuesta entender hasta a los actores de teatro porque ya nadie vocaliza en condiciones. El Hermes termina su estrofa y, a continuación, empieza su interpretación un segundo cantante. En este caso, ante mí, se presentaba un caballero del siglo XVII, alto, moreno, con perilla y bigote, al estilo de Caravaggio, que cantaba con una voz mucho más clara, aunque también inusual y muy bella. Pero todavía había un tercer cantante, con unas curiosas gafas rojas, que comienza a cantar su parte en el tono melodioso que exige la canción pero que, ante mi sorpresa, va impostando la voz hasta acabar la estrofa cantando como un auténtico tenor lírico. Eso sí que no me lo esperaba.
            Llega el estribillo y se abre el plano dejando ver el estilazo italiano del trío: traje azul marino impecable, camisa blanca y, fundamental, zapatos de cordones. Es bien sabido que los zapatos delatan la verdadera elegancia, y estos son perfectos para este vestuario. Solo hay dos concesiones a la modernidad: la ausencia de corbata exigida por las camisas sin cuello y el pendiente que lleva el caballero del siglo XVII en su oreja izquierda. En ese momento, los tres chicos, tremendamente jóvenes, unen sus voces logrando una armonía grandiosa gracias a la combinación de sus tesituras vocales, diferentes pero complementarias. Pero la cosa no acaba aquí: en el fondo del escenario aparece una reelaboración de arte greco-romano, con varios elementos que van desde columnas y pedestales romanos hasta la Venus de Milo y el Discóbolo de Mirón. Me quedo boquiabierta y ojiplática. No me lo podía creer ¿Cómo se habían atrevido a semejante cosa? Pobrecitos, los van a masacrar, con lo bien que cantan, pensé. 
            La canción seguía transcurriendo. La letra no era gran cosa ("dime que no me vas a dejar nunca, tú eres mi gran amor"); la música, sin embargo, se veía engrandecida por los arreglos musicales que incluían sonidos sinfónicos entre los que destacaban el piano y la cuerda. Pero, por encima de todo, lo verdaderamente sorprendente era la interpretación de los tres muchachos, perfecta e impresionante, sin necesitar apenas aditamentos escénicos ni tecnológicos porque sus voces y su austera expresión corporal (piernas ligeramente abiertas, fuertemente asentadas en el suelo para favorecer la respiración que exige su canto lírico) eran suficientes para llenar el escenario. La canción culmina en un final fastuoso, con un empaste perfecto de voces entre las que destaca un formidable agudo del caballero barbado.


Il Volo en el escenario de Viena

           Yo seguía pensando que aquello no lo iba a entender nadie pero, ante mi sorpresa, el público de Viena (ciudad musical por excelencia) estalla en la mayor ovación de toda la noche y que se acaba abruptamente porque las presentadoras se ponen a hablar por los micrófonos, de lo contrario hubiera seguido un buen rato más. Ya había notado un entusiasmo del público inhabitual al comienzo de la canción y en algunos de los pasajes más brillantes porque, según supe más tarde, los vieneses se habían entusiasmado con el trío italiano desde el primer ensayo y cuando llegó la final ya estaban rendidos a sus pies. Sin embargo, esto no era muy significativo; los austríacos, con una formación musical superior a la mayor parte de los europeos, no son una muestra del gusto mayoritario en el Viejo Continente.


Gianluca, Ignazio y Piero ovacionados en Viena
     
      La propuesta del trío me pareció verdaderamente trasgresora y el mayor pecado no consistía en exponer el arte clásico y el bel canto en un festival con fama de hortera, aunque seguro que algún purista melómano lo pensó (de eso hablaremos en otra ocasión); la verdadera herejía era el atentado a la hegemonía cultural imperante. Desde mediados del siglo XIX, de una forma paulatina pero constante, se ha ido implementando la idea de que el arte que exige pulcritud, preparación, exigencia, excelencia y belleza es cursi, carca, antiguo, caduco y, sobre todo, no es moderno ni innovador. Se trata de hacer cosas modernas e innovadoras, aunque sea sacarse un moco. Y no estoy exagerando, en su día (1961) se consideró algo tremendamente innovador y, por tanto, digno de toda alabanza que Piero Manzoni mandase unos botes con mierda de artista a una exposición.
            En 1863, los artistas que no eran admitidos en el Salón de París expusieron sus obras en el Salon des Refusés (Salón de los Rechazados). Se abría el camino de las vanguardias, que rechazaban todo aquello que oliera a clásico y académico por considerarlo símbolo de la hegemonía cultural de la época, que muchos calificaban de “burguesa” y, por tanto, digna de ser destruida, puesto que no era representativa de la verdadera cultura popular, sino de la élite económica y social. En ese momento comenzó la batalla contra el arte tradicional (arte que exigía talento, preparación y esfuerzo) porque con ello se combatía también al orden establecido. Pero todo esto empezó hace 150 años, y la “vanguardia” (que, después de siglo y medio, de innovadora tiene poco) se ha adueñado totalmente del Establishment. ¿Y cómo lo ha conseguido? Pues, básicamente y siguiendo las teorías de Gramsci (1891-1937), dominando el sistema educativo y los medios de comunicación para “educar” al pueblo en lo que la élite considera bueno y conveniente. Y los tres chicos italianos estaban nadando contracorriente. Habían culminado una actuación totalmente opuesta a lo que el Establishment hoy considera bueno y conveniente.
            La verdad es que las élites de la hegemonía cultural (que pueden coincidir o no con las élites políticas) han tenido bastante éxito en su labor “reeducadora” de las masas o, al menos, eso nos transmite la mayor parte de los medios de comunicación. Por eso me sorprendió la calurosa ovación del público vienés, aunque estaba segura que el premio no se lo llevaban los italianos. Empezó la votación y mis presunciones se fueron cumpliendo. Italia obtuvo muy buena votación, pero no fue suficiente para ganar. Al final el premio se lo llevó el sueco, vestido con una camiseta, cuyo mayor mérito consistió en interactuar con unos muñecos proyectados en el fondo del escenario que se parecían sospechosamente a otros que ya habían salido en un videoclip de un tal DandyPunk. No cantaba mal, el sueco, pero al lado de los tenores y el barítono de Italia se quedaba en un cantante del montón, de los que hay miles. Eso sí, resultaba muy contemporáneo, totalmente asimilable al sistema.
            Pero al día siguiente me enteré de algo que me hizo reconciliarme con la Humanidad. La organización del festival hizo públicas las votaciones tanto del público como de los llamados “jurados profesionales”. Resulta que Italia había arrasado en el televoto, superando incluso las afinidades geopolíticas que se vienen manifestando en los últimos años en este evento. Según el voto popular, Italia debería haber ganado el festival de Eurovisión con 366 puntos, mientras que Suecia quedaba en tercer lugar con 279. Sin embargo, el jurado técnico relegaba a la sexta posición a Italia con 171 puntos (penalizando la canción que, precisamente, exigía más y mejor técnica vocal), mientras le daba la victoria a Suecia con 353 votos, puesto que el peso de la puntuación del jurado suponía el 50% de las votaciones finales. Al parecer, en el festival de Sanremo pasó algo parecido, aunque allí el voto popular fue tan aplastante que Il Volo consiguió ganar a pesar de la oposición de gran parte de la crítica y de los medios de comunicación. El pueblo había conseguido resistir a la presión de lo culturalmente correcto.
            A la audencia sí le gustó la propuesta clasicista de Il Volo, es el Establishment cultural, en este caso musical, el que la rechaza porque atenta contra su orden establecido. El clasicismo de Grande Amore y de las voces líricas de Gianluca, Ignazio y Piero es revolucionario porque atenta contra la modernidad contemporánea, a pesar de que ellos seguramente ni siquiera lo pretendan y solo quieran cantar como les gusta. Se puede decir que ya ha habido otros parecidos, como Andrea Bocelli o Il Divo, pero Il Volo es más peligroso para la cultura oficial porque son muy jóvenes y arrastran a un número enorme de seguidores también muy jóvenes, lo que contradice la teoría de lo antiguo y caduco.
            Debe ser que, como creía Platón, la idea de belleza es algo eterno que se encuentra en el alma del ser humano y que, aunque muchos se empeñen en confinarnos en el fondo de una oscura caverna, a veces surge una luz que nos permite atisbar un leve reflejo de esa belleza que, para el filósofo griego, es también virtud, bien y verdad.



Actuación de Il Volo en Viena

Actividades pedagógicas y didácticas en la página web: "Il Volo en clase"

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